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Domingo, 18 de octubre de 2026
“No vinimos a salvarnos ni a construir una familia por caridad": Pía Chiacchio Cavana, su devenir mamá y los mitos en torno a la adopción
La paciencia que aprendió a tener, las preguntas que la desvelan y una casa donde ahora conviven juguetes, bicicletas y nuevas costumbres. En una conversación íntima, la legisladora y abogada descubre a la mujer y a la mamá en la que se está convirtiendo, entre reflexiones sobre el amor, el cuidado y la responsabilidad de criar.


Por Silvana Sanabria - Fotos Jorge Tell -

La primera vez que Pía Chiacchio Cavana fue a conocer a sus hijos, ellos todavía no eran sus hijos. Su mamá la llevó en auto y se quedó esperándola afuera: había llegado mucho antes de la hora acordada. Estaba nerviosa y llevaba un desayuno con mate cocido para compartir con dos niños a los que solo había visto en fotos. Durante años había imaginado el momento de ser llamada “mamá” pero ahora, frente a la puerta de ese hogar convivencial, ningún tiempo de preparación parecía suficiente.

El mayor de los niños fue el primero en hablar: poco más de un metro de altura que contenían una contundencia inusual para su edad. Se presentó, presentó a su hermano y le aclaró ‘somos los dos’. Si quería conocerlos, construir un vínculo, tenía que ser con ambos. Pía recuerda esa primera conversación como una declaración de principios: “los chicos ya constituían una familia y habían llegado juntos hasta ahí”. Una pequeña revelación: no iba a empezar una historia desde cero, sino a incorporarse a una que existía mucho antes de su llegada.

Jugaron, compartieron el desayuno y conversaron. Hasta que llegó la pregunta inesperada: "¿Seño o mamá te puedo decir?". “Me quedé en shock”, recuerda. La mujer que habla es la misma que con solo 28 años estuvo cuatro años al frente del Ministerio de Desarrollo Social de la provincia, que ejerce como abogada y que actualmente integra la Legislatura provincial desde su banca como diputada.

"Como vos quieras, como vos lo sientas", respondió. Cuando salió del hogar y volvió al auto donde la esperaba su madre. Ambas lloraron. La mujer acostumbrada a las discusiones públicas, a los conflictos políticos y a las decisiones difíciles buscó el abrazo de su mamá. El momento que tanto había deseado estaba llegando, y con él, nuevos miedos y ansiedades.




Una maternidad deseada
"Quise toda la vida ser mamá", subraya Pía. Durante mucho tiempo investigó tratamientos de fertilización asistida, consultó opciones dentro y fuera de la provincia y conoció el funcionamiento de los bancos de gametos. Con los años, y después de un trabajo personal que incluyó terapia y reflexión, comenzó a pensar cada vez más seriamente en la adopción. Tampoco era una experiencia ajena a su familia: su propia madre es madre adoptiva y buena parte de sus vínculos familiares se construyeron de esa manera.

Pero en 2019, justo cuando estaba por inscribirse en el registro de adoptantes, le tocó asumir una gran responsabilidad como ministra de Desarrollo Social. El organismo tenía bajo su órbita dispositivos de cuidado y protección de niños y adolescentes, y Pía consideró que continuar con el trámite mientras ocupaba ese cargo podía generar cuestionamientos sobre la transparencia del proceso. Decidió esperar.

Fue esa espera la que le permitió revisar algunas ideas y conocer profundamente el sistema de adopción. "Cuando vas al registro de adoptantes, conocés el sistema, te interiorizás, accedés a la información, te das cuenta de que ese niño que muchas veces uno imagina, en realidad no existe", explica. La preparación consistió también en reconocer sus propias posibilidades y límites. Estaba dispuesta a adoptar hasta dos hermanos, pero no se sentía preparada para recibir a un grupo más numeroso ni para asumir, en ese momento, la crianza de un adolescente.

Contrariamente a lo que se suele pensar, el proceso fue bastante rápido. Esto se debe, en parte, a la decisión de adoptar niños “más grandes” y, sobre todo, por la apertura a recibir a hermanos. Pero también por la personalidad de los tres: “Se dio de forma muy natural, es inexplicable”, recuerda Pía. Al costado, un camioncito rojo con ruedas negras rompe la solemnidad de la escena.

Se inscribió en el registro de adoptantes el 3 de febrero de 2026 y, poco más de dos meses después, un 27 de abril, recibió la confirmación de que estaba apta para adoptar. Pocos días después, el primer llamado. Le propusieron conocer a tres hermanos, pero respondió que no estaba en condiciones de asumir esa responsabilidad. La semana siguiente le hablaron de otros dos niños. Esta vez aceptó, y el 15 de mayo se produjo la propuesta de conocerlos y comenzó a prepararse para el encuentro.

El proceso de vinculación es gradual, centrado en los tiempos de los niños y acompañado por un equipo multidisciplinario que incluye psicólogas y trabajadoras sociales. Hay distintas etapas: primero, las visitas al hogar. Después, las salidas y, finalmente, la guarda con fines de adopción, paso previo y necesario al juicio definitivo. “Los chicos habían visto primero una fotografía mía y pudieron decidir si querían conocerme”, cuenta. Hoy, mientras esperan la sentencia del juez, comparten sus días en casa entre bicicletas, juguetes, camisetas de fútbol y aprendizajes mutuos en una familia que está aprendiendo a ser.



“Sumarme a una familia que ya existía”
“En el primer momento, cuando vinieron a casa, me concentré mucho en que puedan naturalizar que esta es su casa, que este barrio es su centro de vida, que puedan hacerse amiguitos, que puedan hacer el deporte que les gusta”, relata Pía.

La incorporación de otros vínculos también fue progresiva: la abuela, las tías, la bisabuela, los primos. No hubo una fecha precisa en la que sintiera que finalmente se habían convertido en familia, más bien una acumulación de gestos cotidianos que fueron haciendo más sencilla la convivencia.

“Todavía seguimos en ese proceso y va avanzando de una manera muy natural. Creo que el punto central es construir confianza, seguridad y eso va haciendo que ellos me conozcan todos los días un poco más y que yo los conozca ellos”, remarca y agrega, emocionada: “Los admiro”.

Uno de los chicos la llamó mamá desde el primer encuentro, aunque después volvió a utilizar otras formas de dirigirse a ella. Al otro le llevó más tiempo: durante un período la llamó "seño", como a las personas que lo habían cuidado en el hogar. Pía no intentó modificar esa decisión.

A lo largo de la conversación volverá varias veces sobre un mismo asunto: el esfuerzo que están haciendo sus hijos: los cambios que debieron atravesar, las nuevas rutinas, los límites y la adaptación a un entorno nuevo. Reconoce que también es difícil para ella por momentos, pero insiste en que los desafíos más importantes recaen sobre los chicos. "Acá el mayor esfuerzo lo están haciendo ellos", afirma.

Esa mirada explica por qué se aleja de las posturas que presentan la adopción como un acto caritativo. “Es necesario hablar de la adopción no como una historia de salvación hacia alguien, sino como una forma de construir una familia que requiere el mismo amor, la misma tolerancia y la misma paciencia que cualquier maternidad y que viene con esto: con una familia que ya existía en la que yo me estoy incorporando”, describe.

En ese contexto, remarca como clave “respetar sus orígenes, su historia, lo que han vivido”. Y ejemplifica: "Yo no elegí el nombre de mis hijos. Respeté la identidad con la que venían. Es un proceso que viene con alegrías pero también con muchos miedos, incertidumbres. Lo que estoy viviendo es muy superador y es mucho mejor de lo que alguna vez imaginé y soñé”, subraya.





“Llevá un saquito”
La maternidad también llegó con asuntos bastante menos solemnes. Pía descubrió que ahora repite frases que escuchó durante años en boca de otras madres. "Llevá un saquito", "yo te dije" y una habilidad aparentemente nueva: encontrar las cosas que sus hijos no consiguen ver, aunque las tengan enfrente. Se ríe cuando habla de esos pequeños poderes domésticos, como si todavía le resultara extraño reconocerse en escenas que antes pertenecían a la vida de otras personas.

Con la cocina, en cambio, no hubo caso. “Nunca cociné muy bien”, admite y asegura que a sus hijos “les cuesta acostumbrarse a mis comidas”. La alimentación se volvió una de sus preocupaciones principales, aunque preparar el almuerzo o la cena sigue siendo una tarea con sus complejidades. También llegaron las primeras enfermedades, las consultas médicas y ese impulso de llamar a su mamá cuando aparece un síntoma que no sabe cómo manejar.

Recuerda una de las primeras veces que uno de los chicos se enfermó. Buscó información en Google, llamó a su mamá y consultó con una amiga. Después fue aprendiendo a reconocer las situaciones y a reaccionar con mayor tranquilidad. Son experiencias comunes a muchas familias, pero para ella tienen la particularidad de estar ocurriendo por primera vez, con dos hijos que llegaron a su vida cuando ya habían transitado buena parte de su primera infancia.

"Yo no sé cómo alguien alguna vez romantizó la maternidad porque no tiene nada de romántico", dice, y se ríe antes de admitir que le cuesta muchísimo. “Hay noches en las que me quedo pensando si respondí bien una pregunta, si actué correctamente o si debería haber hecho algo distinto”, narra. La felicidad de ser madre convive con el cansancio, la incertidumbre y una responsabilidad que no desaparece al terminar el día.

También cambió su relación con el trabajo. Durante años tuvo dificultades para detenerse y tomar distancia de las obligaciones profesionales. Ahora sigue teniendo compromisos políticos, reuniones y una agenda exigente como legisladora, pero reconoce que algo se modificó. "Me ordenó las prioridades", resume. Y recuerda a su propia madre, que solía relativizar los problemas cuando sabía que sus hijas estaban bien. Cuando las cosas se complicaban, su mamá le decía “lo importante es que ustedes tienen salud”, frase que le resultaba desesperante y que hoy, entiende.



El derecho a formar una familia
Pía define la suya como una familia monoparental, aunque aclara que nunca estuvo sola. “Me habría gustado compartir la maternidad con una pareja”, admite, pero ese proyecto no se concretó y decidió que no quería seguir postergando su deseo. Ser mujer, lesbiana y madre adoptiva la coloca, además, frente a prejuicios que todavía sobreviven alrededor de las familias que no responden al modelo tradicional.

Después de hacer pública su maternidad comenzó a recibir mensajes de personas que querían saber si podían adoptar siendo solteras, homosexuales o sin tener una vivienda propia.
“Me escribían para preguntarme: ¿Si soy gay, puedo adoptar? Sí. ¿Si soy una mamá o un papá soltero puedo adoptar? Sí. ¿Tengo que estar casada para hacerlo? No. ¿Tengo que tener casa propia? No. ¿Tengo que cobrar determinada cantidad de plata? No”, enumera.

Y es que los requisitos son muy sencillos. A partir de los 25 años, cualquier persona puede acercarse al registro de adoptantes e inscribirse. “Siempre se intenta garantizar necesidades básicas, pero la cuestión económica tampoco es un impedimento para adoptar”, explica Pía. El único requisito, enfatiza es “estar disponible para poder conocer a un niño o niña y, sobre todo, saber de que la adopción no está pensada para satisfacer el deseo de un adulto, sino para que el sistema pueda darle la posibilidad a ese niño de crecer en una familia”.

Su mirada también alcanza a otras formas de maternidad y a los debates sobre los derechos reproductivos. Considera que cada persona debe poder elegir responsablemente cómo construir una familia y menciona, entre otras posibilidades, la reproducción asistida y la gestación por sustitución. Sobre esta última advierte que la falta de una regulación específica en Argentina genera incertidumbres. En su caso, sin embargo, la decisión fue la adopción, una experiencia que hoy busca visibilizar sin presentarla como un camino sencillo ni adecuado para todo el mundo.

"No pretendo convencer a nadie de adoptar", aclara. Quiere que quienes tengan ese deseo puedan informarse y conocer las posibilidades reales, pero insiste en que la decisión exige preparación y disponibilidad. También reconoce que existen límites personales que deben ser respetados. Ella misma los tuvo cuando definió su disponibilidad adoptiva. La crianza, sostiene, demanda mucho más que afecto: requiere tiempo, paciencia, recursos y una disposición permanente a escuchar y acompañar.




Un Estado que también debe aprender a cuidar
Su paso por el Ministerio de Desarrollo Social y su formación como abogada especializada en derechos de las infancias le permitieron conocer el sistema de protección desde distintas posiciones. Ahora suma una tercera experiencia y tal vez la más importante: la de madre, que le permite observar con mayor atención los tiempos, las dificultades y las necesidades de acompañamiento.

Una de sus principales preocupaciones es el debilitamiento de los equipos técnicos a raíz de las políticas de ajuste de los gobiernos nacional y provincial. Sostiene que los procesos de adopción necesitan acompañamiento profesional sostenido y recuerda que no todas las familias pueden afrontar una terapia, contar con cobertura de salud o acceder a una psicopedagoga cuando lo necesitan. Esa diferencia, entiende, no debería determinar la calidad del acompañamiento que recibe una familia.

También propone revisar las licencias laborales para quienes adopten. “Hay un período en el proceso de adopción que no está contemplado, previo a la guarda preadoptiva. Recordemos que la adopción arranca en un hogar en donde está el niño o niña, comenzamos a vincularnos desde ese lugar, y hay un período que puede durar hasta tres o cuatro meses en donde la persona que quiere adoptar no tiene ninguna licencia y ningún permiso para poder ir a esas visitas. La licencia recién empieza o puede empezar con la guarda preadoptiva. Entonces creo que ahí hay algo muy importante que mejorar”, remarca.

Pero su preocupación más importante tiene que ver con el tiempo. Cada demora administrativa transcurre sobre la vida de un niño que está creciendo y necesita respuestas. "Es importante mejorar el sistema, acelerar los tiempos, no para hacer las cosas apuradas, pero sí para que ningún expediente esté por sobre los tiempos de la infancia", afirma.

En su casa hay una frase enmarcada que también lleva tatuada: "Lo personal es político". Pía considera que su maternidad dialoga con esa convicción. Su historia individual le permite hablar de diversidad familiar y adopción, pero también de las obligaciones públicas que subsisten cuando un niño llega a una familia. La responsabilidad del Estado no termina necesariamente con la vinculación ni con una resolución judicial: también comprende las condiciones necesarias para acompañar la crianza.



El primer Día de la madre
Consultada acerca de si la maternidad la hizo más libre o más vulnerable, no tarda en contestar. "Vulnerable", dice. Después reflexiona un poco más y agrega: “Me hizo mejor persona”. Siempre se consideró alguien ansiosa, acostumbrada a resolver rápidamente las cosas. “Mis hijos me enseñaron otra relación con el tiempo”. Ahora se descubre más paciente, más tolerante y más respetuosa de procesos que no puede controlar.

Este domingo celebrará su primer Día de la Madre. La noche anterior tiene un cumpleaños de quince, el primero con sus niños, así que espera que ellos duerman hasta tarde para descansar un poco. Después, imagina un almuerzo y quizás un paseo en bicicleta. Bromea con que el Día de la Madre debería funcionar como el Día del Trabajador: una jornada en la que las homenajeadas también tengan derecho a no hacer nada. Por ahora, sus planes son bastante más modestos.

Hacia el final de la entrevista surge una pregunta que la obliga a pensar en un tiempo todavía lejano. Si sus hijos pudieran leer esta conversación dentro de veinte años, ¿Qué le gustaría que encontraran en sus palabras? Pía responde con una sola palabra: "Admiración". Después habla de agradecimiento, de resiliencia, de la construcción de una familia y del deseo de que sus hijos puedan sentirse orgullosos de su historia, sin vergüenza ni necesidad de ocultar sus orígenes.

"Nosotros no vinimos a completarnos, a salvarnos, ni a construir una familia por caridad", sostiene con firmeza. Quiere que sus hijos comprendan que la decisión de formar una familia estuvo acompañada por el reconocimiento de todo lo que ellos ya eran antes de conocerla. Y que esa historia, con sus recuerdos anteriores y los que vendrán, pueda ser vivida sin que la adopción se transforme en una marca de carencia.

En aquel primer encuentro, cuando el mayor de los hermanos se presentó y le aclaró que eran los dos, Pía recibió una información que terminaría siendo decisiva. Había llegado hasta allí con el deseo de convertirse en madre. Los chicos, en cambio, ya tenían algo que ella debía aprender a respetar: eran hermanos, tenían una historia en común y querían permanecer juntos. Hoy, cuando cuenta cómo empezó todo, vuelve a esa escena. "Ellos ya eran una familia", recuerda. Entre huellas con barro, autitos de juguete y camisetas, van escribiendo su propia historia, entre los tres.







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