A veces el mundo se nos viene encima. Una noche son tres asesinatos; a la mañana siguiente, una pelea brutal a la salida de un boliche o el nudo en la garganta por un caso de bullying. Prendemos el celular y, aunque no queramos saber nada, el scrolleo nos escupe la realidad en la cara: jubilados reprimidos, escuelas bajo fuego, una violencia que se nos mete en el cuerpo como un ruido blanco que no apaga nadie.
Pero el dolor no solo está en las noticias; está en la vereda.
Para cualquier chaqueño, el día empieza cuesta arriba, el deslome cotidiano empieza mucho antes de llegar al trabajo: salir de casa con tiempo de sobra para esperar un colectivo que no llega, o esquivar motos en el caos del tránsito y los cráteres de calles sin mantenimiento.
También está la fila en Secheep o Sameep para refinanciar deudas y recuperar servicios básicos. Allí, mientras las boletas se multiplican mes a mes, lo que también crece es la bronca.
Sobra mes al final del salario. Los precios no dejan de subir y las ventas caen en picada. No hay margen: solo ajuste del cinturón, cada vez con más agujeros.
En lo cotidiano, la degradación se vuelve concreta: moneditas para pagar el plus médico, para comprar remedios. No alcanza para un enalapril, mucho menos para un tratamiento de alta complejidad, aunque los descuentos de la obra social se hayan duplicado sin mejorar la cobertura.
La escena se completa con una ciudadanía cansada, defraudada, que acumula frustración frente a la heladera vacía. Desde arriba, la respuesta es siempre la misma: paciencia, el derrame va a llegar.
Mientras tanto, quienes prometían combatir a “la casta” parecen haber mutado en una versión aún más voraz: una lógica de rapiña sobre lo poco que queda.
La bronca se acumula, ¿hasta cuándo?
Hace algún tiempo leí un texto Gago y Bartalotta donde proponían pensar la “implosión social” como una clave para leer estos sucesos: no se trata solo de violencias visibles, sino también de aquellas que no llegan a viralizarse y permanecen como capas silenciosas de la vida cotidiana.
La reacción no se dirige necesariamente hacia los responsables estructurales del malestar. La bronca no siempre explota hacia arriba: muchas veces implosiona. Se descarga sobre lo más cercano: el barrio, la escuela, la familia, la pareja o incluso sobre uno mismo.
El Profe Jorge Castillo en sus clases de Psicología Ambiental explicaba el concepto de “afasia ambiental”: como una desconexión progresiva entre el sujeto y su entorno (natural y social) que impide interpretar las señales del ambiente. Cuando ese vínculo se rompe, no solo se pierde orientación, también se debilita la posibilidad de acción colectiva.
Pero si la bronca implosiona y la percepción del entorno se desdibuja, entonces el problema no es únicamente económico ni coyuntural, es también vincular y cultural. La pregunta deja de ser solo cuánto más se puede resistir, y pasa a ser qué condiciones hacen falta para volver a reconocer al otro y a nosotros mismos, como parte de un mismo entramado.
Porque cuando ese lazo se rompe, lo que queda no es solo crisis: es intemperie. Y en la intemperie el sálvese quien pueda es el único recurso.