La escuela secundaria frente a una realidad que irrumpe: una discusión necesaria y urgente
Cuando la escuela, como territorio de disputas de intereses, poderes y simbología cultural, tensiona con la realidad, se enfrenta necesariamente a una tarea de deconstrucción de sus propias matrices fundacionales. Y esto se vuelve particularmente visible en el nivel secundario.
No es menor recordar que la escuela secundaria, en sus orígenes, fue un nivel formativo, pensado para educar a las élites. Era un espacio para algunos, no para todos. Su sentido ideológico estaba claramente definido: quien no se adaptaba, quedaba afuera. “Si no te gusta, te podés ir”, “esto no es obligatorio”, eran frases que no solo ordenaban la dinámica escolar, sino que definían su lógica de funcionamiento.
Ese paradigma entra en crisis con la sanción de la Ley de Educación Nacional N° 26.206, que establece la obligatoriedad del nivel secundario. El artículo 29 dice: “La educación secundaria es obligatoria y constituye una unidad pedagógica y organizativa destinada a los/las adolescentes y jóvenes que hayan cumplido con el nivel de educación primaria”. Esto que establece la ley, no es sólo normativo, sino que produce a nivel pedagógico un giro de 360 grados. El sistema educativo a partir de este nuevo mandato, comienza a recibir masivamente a adolescentes y jóvenes que antes no recibía, o que directamente se encargaba de expulsar o desconocer.
Ahí aparece un destinatario nuevo. Un destinatario que no responde al perfil para el cual fue pensado el formato tradicional de la escuela secundaria. Un estudiante con una realidad, que no queda afuera, sino que entra sin pedir permiso y se instala en el aula, interpelando a la comunidad escolar.
Y es ahí donde se produce el desajuste o desconcierto del mundo adulto de la comunidad escolar en particular y la comunidad e La escuela secundaria no termina de asumir el mandato que le da la ley. Se resiste, fagocita ese mandato y continúa funcionando con una estructura que, en definitiva, desconoce a la población que tiene como destinataria. Cuando la escuela desconoce a su destinatario, lo que empieza a viciarse es la tarea pedagógica.
Entonces, frente a hechos que impactan profundamente, hechos tremendos, horrorosos, desafortunados aparece una desestabilización total. Pero lo que resulta llamativo es que nunca se pone en discusión el formato de la escuela. Se habla de los estudiantes, de los docentes, de los directivos. Pero no se habla del formato.
Y la pregunta sigue sin hacerse: ¿cuál es hoy el formato de la escuela secundaria?. ¿Es el profesor al frente y los estudiantes sentados, escuchando una clase magistral, en un contexto donde cada uno tiene un dispositivo omnipresente (celular) en su vida?.
A esto se suma otra tensión estructural, la formación docente. Se sigue formando al profesor de matemática para que dé matemática, al de historia para que dé historia, al de lengua para que dé lengua. Sin embargo, la currícula exige abordar contenidos transversales como educación sexual integral, educación ambiental, educación ciudadana.
Entonces, ese docente formado disciplinariamente entra en tensión con lo que la realidad le exige. Muchas veces no solo no enseña esos contenidos, sino que se resiste a ellos. Y en ese desfasaje, todo aquello que se desconoce del otro se patenta de una forma o de otra.
Tenemos chicos que agreden a otros chicos de manera tremenda. Tenemos situaciones de violencia extrema. Tenemos adolescentes con conductas prácticamente autodestructivas. Y cuando se pregunta por las herramientas que deberían haberse trabajado en la escuela, muchas veces no están.
Porque la escuela, en muchos casos, no está hablando de la realidad que le acontece a esos adolescentes. Entonces aparecen respuestas espasmódicas, pero no se aborda la cuestión en su esencialidad.
Cuando un adolescente hostiga a otro al punto tal de que el otro crea que la única salida es quitarse la vida, no estamos solamente frente a un hecho individual. Estamos frente a una trama social mucho más compleja.
Vivimos en un mundo adulto donde muchas veces impera el ejemplo violento, intolerante, discriminador, fóbico al pobre, al débil, al vulnerable. Y no podemos pretender que nuestros jóvenes respondan de una manera que ese mismo mundo adulto no puede sostener.
Al mismo tiempo, muchas familias atraviesan procesos de desarticulación, de crisis, de incertidumbre. El adolescente, entonces, busca un refugio. Y la institución más cercana es la escuela.
Pero cuando la escuela también se vuelve expulsora, el escenario se vuelve aún más crítico.Tenemos, entonces, un adolescente que no encuentra lugar ni en la familia ni en la escuela. Y ese vacío no es abstracto. Es un vacío que duele, que angustia, que desborda. Frente a esto, las respuestas no pueden ser simplificadas. No alcanza con medicalizar, no alcanza con sancionar, no alcanza con individualizar el problema.
La respuesta no puede ser ubicar el conflicto únicamente en el sujeto. Es necesario abrir una discusión profunda, sostenida, metódica. No es una cuestión opinable.
Hay que hablar del formato de la escuela secundaria. Hay que hablar de la formación docente. Hay que hablar de las condiciones de vida de las familias. Hay que hablar del compromiso del Estado en términos de política pública y de presupuesto educativo.
Porque el desafío de la escuela secundaria sigue siendo el mismo, pero en condiciones mucho más complejas ¿cómo hacer para que los estudiantes permanezcan, transiten y egresen?.
Romper con los formatos tradicionales, entender quién es hoy el destinatario de la educación y asumir la responsabilidad que establece la ley no es una opción. Es una obligación.
Y si esa discusión no se da en profundidad, lo que vamos a seguir teniendo son respuestas tardías frente a consecuencias cada vez más dolorosas.
--- *Profesora en Filosofía y Diputada provincial - Partido Justicialista