Miércoles, 1 de Abril de 2026
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CENTRO CULTURAL CASTILLO
Sábado, 17 de octubre de 2015
Crónica de una noche de emociones: Cinema Paradiso de tornatore
En un marco de espectadores entregados a la magia del cine, ese “séptimo arte” que nunca muere a pesar de las enormes pantallas LED o las pequeñas e impertinentes de los teléfonos celulares, se proyectó el pasado jueves “Cinema Paradiso” en el Centro Cultural Ercilio Castillo

La fiesta de emociones comenzó media hora antes, cuando quienes iban llegando a la cita de honor en homenaje al cine de todos los tiempos, podían seguir asombrados nuestras explicaciones o las de un inesperado espectador –el señor Hellbach- quien resultó ser ayudante de proyección de Rojido, uno de los operadores de los dos enormes proyectores del Cine-Teatro Marconi, y quien a la sazón tenía 16 años de edad y era sobrino de ese proyectorista.

Él se encargó, henchido de recuerdos gratificantes, de explicar el funcionamiento del aparato y de paso informó acerca de las piezas que desaparecieron en su larga agonía en la vieja sala.

Hellbach no existía para nosotros hasta ese momento, pero se reveló como un encarnizado amante del cine, y seguramente descubrió a lo largo de la exhibición del filme cuánto tenía él de parecido a Toto, el niño tierno y pícaro que se adueña del corazón de Alfredo, el proyectorista, y encuentra un motivo determinante de su vocación en la visión de miles de filmes de todas las épocas que le permitió sentir a aquel hombre como su propio padre (ausente por la guerra; declarado muerto después) y a quien queda ligado por siempre, a pesar de las distancias y los avatares de la vida.

El filme de Tornatore, ganador de numerosos premios (a la dirección, a la actuación, a la música de Ennio Morricone, etc.) apunta directamente al corazón sin concesiones, y cuenta la propia historia que lo ligó al cine y lo hizo un artista humano; maestro pintor de su aldea y por ende, universal.

La reacción del público asistente –muchos viendo el filme por tercera o cuarta vez- y la actitud de varios que apurados por no perderse la película, habían entrado a la sala sin detenerse a ver el proyector exhibido, protagonista de aquellas veladas de cine de nuestra infancia y adolescencia e invitado de honor.

A la salida le dedicaron algunos minutos, seguramente sintiéndose un poco niños, de nuevo, pero esta vez “autorizados” a meterse adentro de esa magia y hacerla propia. Todo esto jerarquiza y enaltece la donación de Emilio Blanque, quien no pudo asistir, pero que para nosotros estuvo presente, y mereció una referencia especial al principio, lo que nos permitió recordar a su propia familia de origen, ligada a la nuestra (y por ende al Centro Cultural Ercilio Castillo) entrañablemente.

Fue una noche de emociones compartidas que reactualiza la vigencia del buen cine y lo reivindica, y que refuerza nuestra modalidad de gestión cultural, abierta a todos, sin excepción, y esperando siempre a los jóvenes para que acepten compartir estas experiencias y sepan explicar a sus propios hijos y nietos, en el futuro, lo que es el arte y el compromiso afectivo, tan bastardeado en estos tiempos.


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