Desaparición forzada de personas y de libros, palabras e ideas
Este 30 de agosto, convergen dos conmemoraciones trágicas cuya estrecha relación es necesario señalar y subrayar: Por un lado, el Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones Forzadas. Esta fecha fue establecida por la Asamblea General de la ONU en 2010, en respuesta a la preocupación por el aumento de las desapariciones forzadas en diversas regiones. La iniciativa surgió de la Federación Latinoamericana de Asociaciones de Familiares de Detenidos-Desaparecidos (FEDEFAM).
Las fotos que copié abajo son de las emblemáticas marchas de nuestros organismos de derechos humanos, desplegando banderas con los rostros de las y los 30 mil que nos faltan. Por otro lado, es el Día de la Vergüenza del Libro Argentino, porque el 30 de agosto de 1980 la policía bonaerense quemó en un baldío de Sarandí un millón y medio de ejemplares del Centro Editor de América Latina, retirados de los depósitos por orden del juez federal de La Plata, Héctor Gustavo de la Serna. Los libros ardieron durante tres días.
Unir, entonces, la desaparición forzada de 30 mil personas, con la desaparición forzada de palabras e ideas, de libros, películas y canciones rigurosamente prohibidas, para comprender que no es fue ni es posible aplicar terrorismo de estado, ni cultura del terror, sin cultura del medio y sistemática censura.
13 millones de libros ardieron durante la dictadura. Unir, entonces, las violencias materiales y simbólicas de ayer, sus censuras, con las de hoy, salvando las diferencias, desde luego, pero sin hacernos los distraídos.
Recordar o indagar quién invierte en libros y los hace circular y quién no lo hace, desfinancia su producción y/o censura es fundamental para emanciparnos de los discursos que quieren que pensemos que "siempre fue lo mismo" y "todos son iguales".
Porque en nuestro país, el Plan Nacional de Lectura repartió, entre 2003 y 2015, y entre 2019 y 2023 en el sistema educativo, en todos sus niveles, y en bibliotecas, 96 millones de libros. Y en nuestro Chaco, en esos mismos años, 6 millones y medio de libros. La Cámara Argentina del Libro siempre elogió dicho plan, porque los criterios de las licitaciones priorizaron lo federal, lo diverso y lo plural.
Porque entre 2016 y 2019 solo se repartieron los pocos libros que habían quedado de la gestión anterior. Porque los poquísimos libros que ahora se distribuyen son mínimos y no llegan ni para cada estudiante ni para todas las escuelas. Son más bien breves manuales, a veces acompañados de antologías.
Porque no hay colonización política-económica sin colonización cultural y pedagógica. Por eso necesitamos forjar un Proyecto de Soberanía Cultural Siglo XXI, así como también un indispensable Proyecto de Soberanía Educativa, conseguidos a través del debate plural e integral con las grandes mayorías nacionales, y, sobre todo, con las generaciones más jóvenes.