Lunes, 20 de Noviembre de 2017
Resistencia - Chaco - Argentina
Mariano Moro
Viernes, 10 de noviembre de 2017
La Democracia que nos toca
Cuando era chico imaginaba un futuro donde los autos volaban. Lo que paso fue exactamente lo contrario, hoy tratamos de movernos en bicicletas en lugar de autos. Algo parecido pasa con los sistemas políticos y las formas de organización social. Cuando estudiaba derecho político pensábamos en los sistemas de democracia directa como propios de épocas pasadas a las que nunca volveríamos, utopías, esquemas propios de sociedades arcaicas. Nuevamente la realidad, nos ha sorprendido con lo inesperado. Surgen con renovado biro los esquemas de participación directa en la toma de decisión política o por lo menos gran influencia en las mismas. Es el “aufhebung”, se supera, se suprime pero algo siempre se conserva. No es un retorno a lo mismo pero lo sepultado surge como la mano de “Carry”.


Claro, es que se ha recorrido un camino tortuoso, en el que debimos aprender ciertas lecciones, por ejemplo que no somos invitados de lujo en la escena, sino que somos dueños de casa, una casa pobre, esto es con recursos escasos, y que nuestras acciones tienen consecuencias. También debimos haber aprendido que no hay “supermercados” ni empleados que nos sirvan, o sea que nadie hace nada gratis por nosotros, sino todo lo contrario; y por último tenemos que saber que lo único que no miente son los hechos, y que si queremos integrarnos al mundo debemos adecuarnos a los esquemas de funcionamiento internacional.

Con estas herramientas intentaremos analizar algunos aspectos de nuestro derrotero. Michel Foucault expuso la sociedad como un campo donde todos compiten por acumular poder, donde todo pero sobre todo la comunicación son armas válidas para la dominación social, donde el único enemigo del hombre era él mismo según el viejo apotegma “Homo homini lupus”.

Lo primero con lo que nos topamos es esta … podríamos llamar superstición de que somos invitados en el mundo y que merecemos tener todo, desde “libertad”, “respeto”, “salud”, “igualdad”, “alimentos” y así una larga lista; que tenemos “derechos” que deben ser respetados a cualquier costa por todo el mundo, e incluso los extraterrestres. Desde esta perspectiva, las distintas guildas o corporaciones sociales han levantado banderas de reivindicación y denuncia por la falta de cumplimiento de estos “derechos” que tenemos por linaje humano.

Lamentablemente nada de esto es lo que pasa. No hay malos que nos tiranizan; no somos invitados con derecho a ser servidos, no tenemos derechos naturales por el mero hecho de ser humanos, sino todo lo contrario, la naturaleza es despiadada, no tiene moral, y sobrevive el más fuerte, no el más bueno. Para luchar contra este rigor cartesiano, el hombre fue inventando un esquema, un sistema que “humaniza” y estos son los “derechos”. Los derechos son logros humanos, creaciones que funcionan siempre y cuando todos los implicados cumplan con su parte. Por eso entendemos la sociedad como un fenómeno transpersonal que se tiene que revalidar diariamente, o sea no hay “logros” o “estadíos” alcanzados que no puedan ser revertidos.

Esto mismo pasa con los derechos y con la “democracia”. Los derechos necesitan de un esquema social que asegure su vigencia, porque si el entramado social se debilita, también se debilitan su efectivo goce. Con la democracia, tenemos esta paradoja en la cual, habiéndose dado una vuela de tuerca a los regímenes monárquicos y autoritarios, se instauraron esquemas de gobiernos en base al concepto de “representación”, en el cual pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus representantes.

Este esquema de representación fue sistemáticamente usado para defraudar a los representados, por más controles y contrapesos que se instrumentaron para evitarlo. Es que el lugar donde uno se para, el paradigma desde el cual se lo mira es errado. Pretender que con solo votar cada cuatro años uno se olvida de la “cosa pública” y que los electos realizarían debidamente su función es uno de los casos donde uno se autoengaña. No somos invitados ni tenemos empleados, esperar que el sistem nos eximan de “preocuparnos” y “ocuparnos” de la cosa pública es creer que tenemos derecho a ser servidos y esto no existe, esto lo sufrimos en carne propia. La única vía válida es que sostengamos cotidianamente con nuestro esfuerzo los logros alcanzados, esto es los acuerdos para la convivencia social, y esto se hace con el trabajo propio, con el tiempo propio ocupándonos, con participación a nivel local.

Es como aquello de los medios de transporte del futuro, tenemos que volver a la bicicleta, por lo menos si nos preocupa el ambiente, y esto presupone un esfuerzo. Gobernarnos también presupone un esfuerzo. No solo hay mucha mentira, sino que tendemos generalmente a convencernos de que es verdad lo que no lo es pero queremos que sea, creemos que tenemos derecho a que los gobernantes sean buenos y nos protejan, y esto es mentirnos a nosotros mismos. No alcanza con solo votar y esperar que los elegidos sean buenos gobernantes, tenemos además que CONTROLAR a nuestros representantes y esto demanda trabajo de nuestra parte, ocuparnos de la cosa pública, dar parte de nuestro tiempo para que la gobernanza sea la mejor posible, y esto se efectúa fundamentalmente a nivel local.

Aquí volvemos al tema de la democracia directa. No es que vayamos hacia una democracia deliberativa donde las decisiones se tomen directamente por los ciudadanos, lo que ni siquiera ocurrió en Grecia, sino a esquemas de participación local en ámbitos que permitan intervenir en la toma de decisiones a los ciudadanos y a las asociaciones intermedias. Todo esto nos muestra que tenemos que dejar de hacer política de café y comenzar a comprometernos con lo que pasa en cada barrio, en cada pueblo, y es justamente de lo que carecemos los argentinos, fortaleza a nivel comunal. Seguimos esperando que las políticas nacionales nos soluciones hasta los problemas domésticos y esto no es así. Hasta que no entendamos esto vamos a seguir enrollados en quejas ideológicas victimizándonos sin poder solucionar cuestiones elementales de la vida en sociedad.

El concepto de derecho a un ambiente sano sustentado constitucionalmente, imbricado con el de derechos humanos, consiste justamente en el esquema de la buena gobernanza a través de la participación ciudadana en la toma de decisión, y esto es a nivel local, y se basa no solo en “derechos”, sino en su contrapartida “obligaciones” de todos los ciudadanos a participar y ocuparse de la cosa pública. No es cuestión de encontrar culpables sino de entender como ocurren las cosas y como tenemos que trabajar para asegurar una mejor calidad de vida y un futuro mejor para las generaciones que vienen.


MARIANO SEBASTIAN MORO
Director del grupo ambientalista UNA TIRRA.



 
 
 
 

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