Viernes, 15 de Febrero de 2019
Resistencia - Chaco - Argentina
Por Delfo Rodríguez para la Revista CIMA
Martes, 05 de febrero de 2019
Karina Campestrini: Payamédico, una misión para la vida
Psicóloga Social y formadora en la Organización Nacional Payamédicos, se ha convertido en una referente en el Chaco en una actividad que busca, más allá de los procesos terapéuticos, devolverle al paciente su status de ser humano.


Nació en Roque Sáenz Peña y cuando era muy pequeña fue a vivir a Buenos Aires con su papá, Orlando Campestrini -músico- y sumamá, Beatriz Lezcano -de profesión enfermera- y cantante de vocación. “Cuentan que mi papá aprendióa tocar la guitarra para conquistar, acompañándola en las peñas. Yo tenía 3 años cuando ellos se separaron, fue entonces que mamá y yo volvimos a Roque Sáenz Peña”.

“Mi niñez fue maravillosa, es una de las etapas de la vida que recuerdo con felicidad. De chica imitaba a Rafaela Carrá, tenía como una vena artística a flor de piel”, (risas). “Asistí a una escuela pública, siempre rodeada de muchos chicos y chicas, criada por una abuela, más allá de tener a mis viejos, cada uno hizo su vida. Mi abuela Dominga Lezcano, es la artífice de haber sembrado en mí los valores que rigen mi vida, ella era portera de escuela. En la actualidad vive en el sur, tiene 93 años y algunos de los valores que ella practica

PAYAMÉDICO, UNA MISIÓN PARA LA VIDA


“Siempre rodeada de mucha gente, creo que sin proponérmelo, tenía cierto liderazgo. Mientras estoy hablando analizo que, al terminar la primaria, mis compañeros eligieron escuelas públicas. Yo no seguí al común denominador, la secundaria la cursé en un colegio católico y recibí también valores importantes. Desde luego, cuando uno crece puede darse cuenta de que espiritualidad y religiosidad no son sinónimos”.

“Al terminar la secundaria no fui a la Universidad, pues las carreras que a mí me interesaban en Sáenz Peña no se podían cursar y en mi familia no estaban dadas las posibilidades económicas para que me pudiera ir a estudiar a otra ciudad”.

“A los 14 años conocí a Oscar Maroto, nos enamoramos y estuvimos 5 años de novios. Al concluir el secundario buscamos trabajo, yo empecé a trabajar en la administración del Hospital 4 de Junio y él entró al Poder Judicial. En un año nos compramos lo que considerábamos necesario y nos casamos. A los dos años nació nuestra hija, Antonella (26). Para entonces se despertó en mí la inquietud de estudiar Técnica en Laboratorio, en la Escuela de Salud Pública”.

“Después vino un golpe fuerte que me cambió la vida, falleció Oscar. Eso me condujo a preguntarme: ¿para qué estoy en la vida? Hubo un montón de cosas que hacían ruido en mi cabeza. Empecé una búsqueda espiritual, tenía la necesidad de saber que él estaba bien. Convengamos que de la muerte no se habla, que no hay una edad para morir, que no lo tomamos -de primera mano- como algo natural. Obviamente, distinta a la visión que hoy tengo”.


LA VIDA, CON SUS COMPONENTES

“Al tiempo nos mudamos a Resistencia con Anto, pedí traslado al hospital de esta ciudad. Me costó elaborar el duelo pero busqué ayuda terapéutica y, gradualmente, todo se fue ordenando. Conocí a un psiquiatra chileno que hacía seminarios basados en los procesos de interacción psicoespiritual y me compenetré en esto. Fueron 8 años de muchos aprendizajes en los que viajé por distintos lugares del mundo como Israel, Egipto, EEUU, entre otros”.

“En el año 2007 o 2008, renuncié y me fui a Córdoba. Puedo decir que vencí esos miedos que tenemos incorporados: ‘porque trabajás en relación de dependencia, pertenecés a un sistema’. Lo concreto es que encontrás la manera. Así fue que estuve un año en Córdoba, de ahí me fui a Corrientes, y luego a Chaco. Todo esto lo hacímos en familia: mi hija y yo. Empecé a estudiar Psicología Social que es un campo muy rico, tal vez porque los abordajes ponen el acento en lo colectivo, no en lo individual. Así me fui insertando de otra manera en el sistema”.


“Recibimos la mayor cantidad de información respecto del paciente para ser lo más certeros posible a la hora de nuestra intervención. Hacemos hincapié en las potencialidades que tiene cada uno”.



LA VENA ARTÍSTICA VIO LA LUZ

“Un día me llegó un correo, que era una invitación para una charla y,sin saber de qué se trataba, me anoté”. “Era la posibilidad de prepararse para ser Payamédico. Al concluir el primer encuentro dije: ‘no voy más’. Pero no ocurrió, pues seguí enganchada hasta la actualidad.

Analizándolo, creo que lo que no me terminaba de cerrar, era esa inhibición que se presenta: volver a jugar. No me daba cuenta que, cuando volvía de cada encuentro, mis endorfinas se habían movilizado de una manera inusitada. Venía con una energía que me hacía sentir capaz de enfrentar lo que fuere”.

“Quien se acerca al tema puede llegar con distintos objetivos, algunas personas han recibido la sugerencia de su terapeuta o de su médico con el fin de hallar herramientas para su vida cotidiana”. “La visión actual se enfoca en la humanización hospitalaria. Esto es una mirada distinta, es observar a la persona sin el rótulo de sano o enfermo, pues es una manera de favorecer la recuperación del estado de ánimo y de la salud física. En este paradigma está el arte como vehículo para alcanzar eso tan repetido de que ‘el estado de completo bienestar físico y psíquico es igual a salud’”.

“El desarrollo de la tarea del payamédico es precisamente integral. Recibimos la mayor cantidad de información respecto del paciente para ser lo más certeros posible a la hora de nuestra intervención. Hacemos hincapié en las potencialidades que tiene cada uno”. “Entre Chile y Argentina somos aproximadamente 9.000 los que desarrollamos esta labor. Se apunta a la formación continua, entonces requerimos una Ley en la cual se establezca el carácter académico. Entre los profesionales que dirigen y supervisan Payamédicos, están el Dr. José Pellucchi (psiquiatra), la Dra. Violeta Pérez Bromberg (médica) y el Dr. Raúl Sintes (médico)”.

Payamédicos ve la luz en nuestro país en el año 2002. Su fundador el Dr. José Pellucchi, trabajó y lo hace aún con la pura intencionalidad de que el tránsito y permanencia de los pacientes por los nosocomios sea más llevadero, especialmente, que el abordaje revalorice lo emocional. Cuenta con recursos psicológicos y artísticos relacionados con el juego, la música, el teatro, la magia y el arte humorístico en general. Las intervenciones son escénico-terapéuticas con un abordaje a través de la técnica del payaso teatral, que se adaptan al ámbito hospitalario con una ética y estética propia.

“Para ser formador es condición tener un mínimo de 10 años de antigüedad como Payamédico en un hospital o en dispositivos tales como payapaseos o payacalles, que apuntan a cortar el estrés urbano o en otras instituciones (bancos, clínicas privadas, entre otras). Siempre con un enfoque preventivo”.

“Desde el 2014 usamos nariz naranja en lugar de roja para que no haya asociación con el color de la sangre, por ejemplo. Tampoco utilizamos en nuestras vestimentas colores como el negro, el marrón o el gris, debido a la energía que cada color transmite. Por eso el fucsia, verde manzana, naranja, colores más chillones”.

Nita Ferrita o Karina Campestrini conviven en un mismo cuerpo, ambas son militantes de la vida, trabajan diariamente para el prójimo. Practican aquel principio de la solidaridad que la abuela Dominga sembró en ellas no con palabras, sino con el ejercicio cotidiano.

Después de haber andado muchos caminos, Karina encontró la respuesta a una pregunta que varias veces se hizo: ¿a qué venimos? Su mentor, el Dr. José Pellucchi, especialista en psiquiatría pero con ojo clínico, le facilitó la llave para abrir la puerta y volver al juego. Así, desde y con él, ofrece resistencia a las enfermedades. Cuando aparece la sonrisa en el rostro del paciente, acto seguido la fortaleza aparece y pone el pecho firme, con convicción, para enfrentar las vicisitudes.




Fotos Jorge Tello





 
 
 
 

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